Había una vez… una escuela sobre ruedas

José Luis Losada tiene entre sus alumnos desde futuros abogados hasta contorsionistas

Un maestro de la enseñanza pública se embarca de septiembre a junio en la aventura del circo

La caravana de la gerente tiene 98 metros cuadrados y jacuzzi en el baño

El Circo Acuático se mueve cada quince días con 95 vehículos y una veintena de familias

Cuando un niño se acerca a Ivelise y le dice, presumiendo, que tiene un perro, ella le contesta: «¿Si? Pues yo tengo una foca». Y es que, por más que se empeñe, esta niña de doce años no es como las demás. Es capaz de llevar al día sus lecciones; de recorrer más de una veintena de ciudades en dos años; de estudiar en un colegio con ruedas y de prepararse, en sus ratos libres, para ser contorsionista en el futuro. Es una hija del circo, un mundo que tiene tanto de real como de mágico.

Todo es posible en el universo que rodea a la gran carpa y más si se trata del Circo Acuático de la familia Zoppis. Hace cuatro años que este circo arrancó sin animales de secano.

Tiene leones, pero marinos y sus domadores se las ven con lo peor de las profundidades. Sus estrellas, además de los artistas de siempre, son los cocodrilos, las pirañas, las focas y los pingüinos. Es el único circo de Europa que se mueve con un espectáculo de agua y, sin embargo, entre bambalinas todo parece normal.

El miércoles, los seis niños en edad escolar de este circo recibían sus clases como cualquier alumno albaceteño, solo que su colegio estaba en una caravana, situada en un solar de la carretera de Madrid, y no en la calle de una ciudad. Fruto de un acuerdo del Ministerio de Educación con el mundo del circo, estos niños cuentan con un maestro que se embarca de septiembre a junio en las mismas aventuras que ellos. En el caso del Circo Acuático, que ahora está en Albacete, su maestro es José Luis Losada. Este señor de aspecto campechano no tenía nada que ver con el mundo del espectáculo, pero algo tiene el circo que éste es su quinto año con la casa a cuestas.

Con la casa a cuestas

Este circo pasa una media de quince días en cada ciudad, lo que significa que tiene que mover a veinte familias en un tiempo récord. Viene de Murcia, ahora para en Albacete y la próxima semana estará en Cuenca.

La ciudad andante que lleva a sus espaldas supone mover un total de 95 vehículos para, en menos de cinco días, montarlo todo, desde la carpa hasta las pequeñas calles y entradas de las caravanas.

Las roulottes se sitúan en paralelo, dando forma a una ciudad en la que no falta de nada. Hay macetas en las puertas de las casas, piscinas hinchables para que los más pequeños se den un baño, ropa tendida y mujeres limpiando los alrededores de su destino temporal. El circo se mueve hasta con sus propias excavadoras para allanar el terreno donde se vaya a colocar, pero observar las caravanas entre un solar de tierra y rastrojos da la impresión de que dentro hay poco que ver.

Nada más alejado de la realidad, tras las puertas de esas cajas portátiles hay viviendas que nada tienen que envidiar a las nuevas promociones de pisos. Heidi Zoppis, quien fuera una famosa trapecista, abría su casa al periódico para demostrar que se puede tener una casa sobre ruedas de 98 metros cuadrados, con jacuzzi en el baño y un salón con zona de estar y comedor.

Iguales y diferentes

La vida del circo es sacrificada porque no entiende de festivos ni de fines de semana, lo que no significa que esté exenta de lujos. Sus hijos viven el sueño de cualquier niño de la calle, no sólo no van al circo cuando quieren, sino que conviven con sus estrellas y animales. Son los únicos escolares que pueden presumir de jugar a diario con una foca. Además, viajan por toda España, tienen una casa como las demás y un colegio similar a los centros rurales agrupados de la provincia de Albacete, donde conviven pocos niños de diferentes edades. El Gobierno pone el maestro y el circo las instalaciones, por lo que a estos niños no les falta de nada. Su pequeña aula cuenta con biblioteca, ordenador, pizarra y una ratio envidiable, seis niños -de diferentes niveles- para un solo maestro.

Sabine y Glenn, de 14 años; Ivelise, de 12; Elvane, de 10; Devis, de 8 y Antony, de 16 años estudian las mismas asignaturas que cualquier alumno español de su edad, pero el hecho de haber nacido en el circo les da la ventaja de los idiomas. El espectáculo acuático cuenta con artistas de Rumanía, China, Bulgaria, España, Portugal o Rusia, por lo que la gran familia del circo conforma un pequeño mapa mundi donde se pueden aprender todo tipo de culturas, idiomas y costumbres.

Vida sin destino

Se trata de una vida sin destino fijo, en la carretera y supeditada al público, pero los alumnos de la escuela del circo no tienen ninguna queja. Sabine es la única estudiante que quiere hacer una carrera universitaria, Derecho, y aún así no está convencida de no regresar a su mundo cuando llegue el momento. Para ellos, lo más duro es montar y desmontar todo una y otra vez, aunque les compensa. Acaban conociendo lo que muchos no ven en toda una vida.

Heidi Zoppis, madre de tres de los alumnos y gerente del circo, aprovecha el horario escolar, de nueve de la mañana a dos de la tarde, para hacer lo que cualquier madre, compaginar su trabajo con las tareas del hogar. Cuando llegó el periódico, sobre la una de la tarde, estaba terminando de recoger la casa y tenía la comida en el fuego. Su impresionante piso ambulante, con suelo de madera, estaba impecable.

Mientras tanto, los niños estudiaban sus materias y hablaban con el maestro de la excursión del viernes, ya que pensaban visitar el Museo del Niño de Albacete. La carpa estaba vacía porque los días de diario no suele haber espectáculo por la mañana. Los tiburones, uno de ellos de 2,6 metros de largo, esperaban tranquilos en su acuario gigante, al mismo tiempo, encima de ellos, nadaban las pirañas. Bajo un calor sofocante, pocos eran los que se atrevían a salir de sus casas. El silencio sólo lo rompían los más pequeños, a los que les habían instalado una piscina hinchable para distraerlos del calor.

Fuente original: La Verdad.

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