Viva la vida salvaje al olor del Atlántico
Solo un concello de la Costa da Morte se ha pensado seriamente habilitar un área para el estacionamiento y servicios mínimos destinados a autocaravanas. De nada ha valido que el Plan de Dinamización Turística, surgido de la catástrofe del Prestige, plantease al menos tres espacios para este tipo de vehículos. Así es que los viajeros que eligen este método para conocer mundo y disfrutar de él tengan que aparcar en puertos, áreas de recreo, campos, calles, parajes naturales o donde mejor puedan y se sientan seguros.
Sin embargo, en la política turística de nuestros concellos pasa como en muchos otros aspectos: casi siempre tarde y cuando es más necesario remediar que prevenir. Este y otros veranos se ha visto como en varios lugares de mayor interés paisajístico de la Costa da Morte reinó a sus anchas el campismo salvaje y se establecían auténticos poblados, incluso de familias enteras, que juntaban a más de un centenar de habitantes. Superaban con creces los de cualquier aldea que aún se mantenga con cierta vida. Y allí, a la orilla del mar, esta gente carecía de agua, luz y alcantarillado. Imagínense las consecuencias: excrementos por el entorno, basura, niños haciendo el tobogán por las dunas (en la costa atlántica europea suelen estar valladas), gente haciendo fuego por la noche (con el consiguiente peligro de incendio), campistas recogiendo agua de dudosa potabilidad en regueros y ropa tendida al sol como corresponde en estas circunstancias.
Lo peor ya no es la imagen. Igual un día sucede algo en alguno de estos poblados circunstanciales. Pero no se puede culpar a los autocavanistas de ello, porque en estos lugares lo que abundan son furgonetas habilitadas como vivienda de quita y pon. Y los alcaldes tan tranquilos. Dicen que traen riqueza al pueblo. Hasta que suceda algo.
Xosé Ameixeiras
Fuente original: La Voz de Galicia.

























