Un hotel con todas las estrellas
Los tinerfeños eligen el camping de Punta del Hidalgo para pasar un verano diferente
Privilegiada ubicación en primera línea de costa. Playa, piscinas naturales y área comercial a pocos pasos. Precios módicos y parcelas espaciosas. Seguridad las 24 horas y parking privado. Baño compartido. Ambiente familiar. El lugar ideal para disfrutar del sol, el aire puro y los cielos cargados de estrellas, lejos de las luces y el bullicio de la gran ciudad. Así es el camping de La Punta.
De los cinco camping que hay en Tenerife, el de La Punta es el que tiene más sabor local. En este hotel que no tiene una, ni dos, ni cinco estrellas, sino todas las del firmamento, la gran mayoría de los huéspedes son residentes del área metropolitana. La motivación para pasar unas vacaciones con la casa a cuestas son muy distintas dependiendo de a quién se le pregunte. Para algunos lo mejor es el precio, para otros la libertad que tienen los niños de jugar libremente o la seguridad, la camaradería que se respira intramuros o quizá todo esto junto.
Pérgolas y caravanas
María Isabel Rodríguez es una de las clientas más fieles de esta instalación de la costa lagunera. Lleva 20 años eligiendo este destino para pasar no solo sus vacaciones, sino todo el periodo de verano. “El primer día que abre venimos temprano y hacemos la cola para coger un buen sitio”, comenta la mujer desde el saloncito que tiene armado bajo una pérgola.
Su hogar veraniego está compuesto por una caravana, que utiliza como dormitorio, y otras dos pérgolas bajo las que hay una sala con un portátil, unas cómodas sillas para sentarse a leer y una cocina casi con el mismo nivel de equipamiento que la de su hogar. Tarda tres días en montarlo todo. Cada detalle está pensado. Todo está hecho a medida, desde las cortinas hasta la bolsa para reciclar el plástico. “Soy muy detallista y me gusta que todo esté en su lugar. Todo, hasta la cinta que uso para atar las cortinas tiene un número para guardarla y saber dónde va al año siguiente”, explica.
Mientras su nieto duerme las últimas horas de la mañana, María Isabel apura un cigarrillo y pone el café al fuego mientras sus dos perritos siguen sus movimientos sin quitarle la mirada de encima. “Levantarse y desayunar con el mar delante no tiene precio”, confiesa extasiada mientras otea el horizonte. La ubicación es una de las claves que la tiene enganchada a este recinto de La Punta. La otra: “La bonita convivencia que hay con los vecinos y las amistades que uno hace cada año. Te relacionas con la gente de una forma distinta. Compartes mucho”.
Antes de hacerse campista, María Isabel y su marido tenían un apartamento de veraneo en Callao Salvaje. “No conocíamos a ningún vecino y los niños tampoco. Nos sentíamos solos y terminó por aburrirnos. Lo vendimos y nos compramos la caravana. Fue la mejor decisión. Nos cambió la vida”, admite con una sonrisa.
Para la santacrucera Yesika García, su marido y sus gemelas Claudia y Aynara, el camping “es la mejor opción de vacaciones”. Sus hijas tienen 5 años y juegan con otra niña de una tienda vecina. Las pequeñas ya se conocen del año pasado y se divierten correteando de aquí para allá. “Nos quedamos un mes porque a las niñas les encanta y les hace muy bien el clima. En casa son de tener catarros y aquí se les pasa todo. Se bañan en la piscina todos los días, aunque esté nublado, y disfrutan de una mayor libertad de la que pueden tener en la ciudad”, explica Yesika.
300 huéspedes
Dentro de su gran tienda, al estilo jaima, hay un televisor y hasta la nevera de su casa, de casi dos metros de alto. “Traemos todo lo que podemos para estar cómodos. Además es una forma de ahorrar. Vamos al supermercado, cocinamos aquí mismo y nos resulta económico. Si no lo hiciéramos así no podríamos pasarnos un mes, como haremos este año. Tendríamos que venir una semana y estar en casa el resto de las vacaciones”, confiesa la joven.
El camping tiene 78 parcelas, 63 para vehículos y 15 para tiendas de campaña. Con todas las plazas ocupadas, a una media de cuatro personas por cada una, el aforo máximo llega a 312 personas.
Las instalaciones cuentan con módulos de servicios en los que hay baños con agua caliente las 24 horas del día, lavabos (divididos por sexos) y grifos, para lavar la ropa y los utensilios de cocina. También dispone de una sala de televisión y otra multiuso con una mesa de grandes dimensiones en la que los huéspedes suelen organizar cumpleaños y otras celebraciones.
El precio es uno de los ganchos que esta alternativa de vacaciones. Una pareja con una tienda paga al día 6, 30 euros; con una caravana, 6,60; y con una autocaravana, 7,20. Cada ocupante extra debe abonar 2,10, si es adulto, y 1,50, los niños hasta 12 años. Los adultos visitantes, es decir, que se quedan más de dos horas en las instalaciones, pagan un euro y medio. Los niños, un euro. En tanto, por entrar con el coche hay que pagar otros 2,10 euros y con una moto, 1,50. Además, cada parcela dispone de una conexión eléctrica. Por cada electrodoméstico que se conecte a la red hay que pagar 1,50 euros diarios.
Atraída por los precios bajos y la cercanía de la costa de este paraíso de las caravanas llegó Begoña Conde. La joven de 18 años repite por segundo año consecutivo y confiesa estar “muy conforme” con las instalaciones, pero esta vez nota “un bajón de gente” que achaca “al tiempo superchungo” de la zona. “El año pasado vine con amigos y este, con mi familia. Vamos a quedarnos una semana en unas tiendas de campaña y para entretenernos trajimos un montón de juegos “, afirma.
El chollo
Mientras Begoña sigue su camino hacia los vestuarios, Sergio Herrera corta con una pequeña sierra unas varillas de madera. “El tiempo está malo para pescar y hay que entretenerse con algo”, dice este manitas residente en Taco que pasará los próximos dos meses instalado en una caravana con su esposa y su hija de 3 años. Este es el quinto año que viene. “Las primeras veces vine con una caseta. Me gustó tanto el ambiente y nos lo pasamos tan bien que decidimos comprar una caravana. Al poco tiempo encontré esta, que la vendían por 1.500 euros. Un chollo. La compré sin pensar”, comenta mientras su hija juega con una vecina.
“Trajimos a la niña por primera vez cuando tenía dos meses y medio y lo pasamos mejor que en casa. Por la noche refresca mucho y descansas mejor que en la ciudad. Además tienes el aire puro del mar y pasas más tiempo al aire libre. Es una maravilla. Si el camping estuviera abierto todo el año, yo me vendría a vivir aquí”, confiesa Sergio Herrera.
El capataz del camping, Celso Rodríguez, explica que las instalaciones permanecen abiertas, en temporada alta, entre el 1 de julio y el 3 octubre. Durante el resto del año, abre solo los fines de semana. No obstante, en ninguna fecha se hacen reservas. La disponibilidad depende estrictamente del orden de llegada.
A sabiendas de que el más madrugador se queda con el mejor sitio, la lagunera Rosula Torres y su familia hicieron la cola para entrar entre los primeros el 1 de julio. “Vinimos con la familia. Estamos rodeados de niños. Tenemos dos hijos pequeños y trajimos dos sobrinos, además de que siempre se agrega algún amiguito que viene a pasar unos días con nosotros”, comenta la joven mientras friega los platos y las cacerolas que va a usar para preparar el almuerzo. “No tienes las comodidades de una apartamento, pero los niños se lo pasan mucho mejor aquí con las bicicletas, caminando, corriendo… Y eso compensa cualquier esfuerzo extra que tengamos que hacer nosotros”, dice convencida.
Rosula no había ido nunca a un camping hasta que conoció a quien hoy es su marido. “Él iba de acampada desde que era pequeño y me fue metiendo hasta que yo también me enganché a la vida en el camping”.
Este año han pagado la estancia por dos meses y creen que también terminarán quedándose todo septiembre. “Ahora estoy de vacaciones” comenta y añade que “cuando empiece a trabajar iré a Santa Cruz y vendré todos los días”.
Lo mismo hará María Isabel Rodríguez. De momento es su marido el que va y viene al trabajo. El mes que viene será ella. Aunque pasarán muchas horas fuera del camping, no temen que nada pueda pasar con las pertenencias que quedan bajos sus pérgolas. “Esto es muy seguro y jamás pasa nada. Además por las noches hay vigilancia y puedes dormir con la puerta abierta sin preocuparte”, matiza.
Cuando cae el sol, la actividad de los campistas se desarrolla en torno a la mesa. “Antes se hacían muchas chuletadas, pero ahora la crisis ha dejado la parrillas vacías. Lo más habitual son la paellas y las garbanzas”, según detalla Celso Rodríguez desde la recepción, abierta cada día de nueve a dos, por la mañana, y de cuatro a diez, por la tarde. A partir de la medianoche y hasta las ocho de la mañana rige el “horario de silencio”, en el que no se permite la circulación de vehículos y se exige que no haya ruidos para no molestar el descanso de los demás clientes.
Es domingo y, por tanto, último día de relax junto al mar para los campistas que solo se quedan por el fin de semana. Mientras recogen sus pertenencias, María Isabel saborea su café y recuerda los viajes por Europa que hizo a bordo de su caravana. “Es una vida diferente a la del hotel y no la cambio por nada”, concluye.
Laura Docampo.
Fuente original: La Opinión de Tenerife.

























